domingo, 15 de noviembre de 2015

En el comienzo...


Afuera guerra Civil.
Adentro no se siente del todo.
Como siempre estoy del otro lado de la barra repasando copas, más dormida que despierta (literalmente).
Son las seis de la tarde y no hay un alma en la callecita, cada tanto se escucha el sonido fuerte de las bombas caseras de los civiles o disparos de la policía.
Repentinamente entra un hombre con una guitarra dorada seguido de una niña que me resulta muy familiar.
El sujeto se sienta con la chiquita en una mesa junto a la ventana, cuando le llevo la carta sin mirarla me pide un café negro grande y un jugo de frutilla.
Después de preparar todo y servirlo estoy absorta en mis pensamientos hasta que el hombre pide la cuenta.
Antes de pagarme sujeta mi muñeca con cierta dulzura y me pregunta si no vi de casualidad una púa dorada.
Por un momento solo puedo concentrarme en que un desconocido me está agarrando la muñeca, pero después de repetir la pregunta caigo en esa realidad.
"no, para nada" digo.
Y el hombre empieza a explicarme que hace unas semanas perdió la púa y la viene buscando desde entonces. 
Mientras que me relata toda la odisea que le hizo sospechar que la púa podía llegar a estar en Carmesí, entra por la ventana del depósito el gato que se unió al personal hace unos días -ese que apareció luego de que Dios se fuera por la puerta-.
La nena que ahora reconozco perfectamente se acerca al gato y comienza a hacerle mimos ligeramente violentos, luego empieza a preguntar en voz alta como se llama el minino.
En ese momento estaba algo atosigada con el hombre hablando apasionadamente de su viaje (sin soltar la muñeca), la nena a los gritos y el gato con una cara de víctima pidiendo piedad.
"¡No tiene nombre!" grito yo de repente, y todo se queda en silencio.
Ella me mira sorprendida y anuncia que le va a poner ella el nombre.
Reunidos en el pasillo que da al depósito y el resto de las habitaciones, la niña se acerca a un gran tamiz apoyado en la pared. Coloca al pobre gato bajo el tamiz y comienza a tirar azucar negra sobre este último mientras recita "Yo te nombro de ahora en más y para toda la eternidad Soup".
"Claro" pienso yo "Sopa en inglés".
Veinte minutos después el par de raros se van por la puerta, por suerte dejan veinte pesos de propina.
"Que te parece, Sopa!" Digo mirando al Coto, irónica.
Me devuelve una mirada despectiva y se aleja por el pasillo elegantemente.
Preferí dejarle el nombre.
 

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